Reseña

La cara de la paz.
Gobierno, pedagogía de paz y desinformación en Colombia
(Bogotá: Editorial Universidad del Rosario, 2024)


Autor

Gwen Burnyeat

El libro La cara de la paz. Gobierno, pedagogía de paz y desinformación en Colombia, escrito por Gwen Burnyeat y traducido al español por Santiago Paredes Cisneros, es un análisis de varios factores sociales y políticos que influyeron en el proceso de paz, desde su enfoque, divulgación y, posteriormente, la derrota en la consulta popular, y el posterior plebiscito en el 2016. Desde una perspectiva cercana a la ejecución gubernamental de las etapas del proceso de paz entre el Estado colombiano y las FARC, la autora explica detalladamente las falencias estatales, además del gran reto que significaba para el Gobierno de Juan Manuel Santos Calderón, que una sociedad tan afectada por el conflicto armado interno y el abandono estatal volviera a confiar en este. Así pues, dicho escrito se divide en dos grandes partes, a su vez, subdivididas en capítulos. La primera sección, se encargó de realizar una antrohistoria del Gobierno del ahora expresidente Santos Calderón. Por su parte, la segunda sección, se destinó a hacer una etnografía de la tan importante pedagogía de paz.

Así las cosas, el primer capítulo del texto, denominado "Paz, política y opinión pública bajo Juan Manuel Santos, 2010-2018", inicialmente explica por qué es pertinente hacer una antrohistoria de los dos periodos del Gobierno de Santos Calderón, pues se debe analizar el cómo la gente hace historia, ya que esta marca las reglas culturales y sociales de cómo actuar, y, por lo mismo, se requiere hacer un recorrido histórico y remitirse a cómo sus antecesores manejaron lo relacionado con las políticas de guerra y paz. El expresidente Andrés Pastrana Arango sostuvo diálogos en ánimo negociador con las FARC en San Vicente del Caguán, sin embargo, este no fue un proceso exitoso y el conflicto armado continuó, por lo que su sucesor, Álvaro Uribe Vélez, decide implementar políticas hostiles y de cero tolerancia para combatir la guerra, aludiendo a la tan conocida frase "mano firme, corazón grande'; así, logró crearse entre el pueblo colombiano una sensación de protección al ver cómo se intentaba apaciguar el conflicto armado.

Para las elecciones presidenciales del periodo presidencial 2010-2014 Santos Calderón es elegido, y la creencia popular dice que es el sucesor de Uribe Vélez, por lo cual se afirma que va a continuar con las políticas del manejo del conflicto armado que su antecesor había implementado. Al ser elegido y demostrar sus intenciones de diálogo y paz con los grupos al margen de la ley, que eran los responsables y generadores del conflicto armado, la dinámica política cambió, y Uribe Vélez, quien había apoyado su candidatura presidencial, consideró esto como una traición, por lo cual empezaría a ejercer una oposición intensa especialmente en las políticas de paz y justicia transicional que se desarrollarían a lo largo de su mandato.

Conforme se desarrollaban las negociaciones en La Habana (Cuba) y se empezaban a conocer los puntos sobre los que versaba el futuro acuerdo de paz, Uribe Vélez y su nuevo partido político, el Centro Democrático, se encargaron de desarrollar e implementar toda una campaña de odio y desinformación alrededor del proceso de paz y el acuerdo; entonces, como método de defensa por parte del Estado, muchos agentes gubernamentales emprendieron acciones para "dar la cara", concepto que es explicado por la autora, como la manera en que se da frente o se encaran las situaciones. Por lo tanto, aquella persona que "da la cara" asume la responsabilidad de dicha situación.

Al caso en específico, diversos agentes de la Oficina del Alto Comisionado para la Paz (OACP) se enfocaron en hacer una red de divulgación de la información sobre todos los aspectos del acuerdo. Aun cuando dichos agentes viajaban por todo el país divulgando el contenido del acuerdo de paz, la guerra "intelectual" entre las narrativas de paz, por parte de Santos Calderón, y de traición y cinismo, a cargo de la de Uribe Vélez, era demasiado compleja para un proyecto de pedagogía realizado por la OACP, en el cual el personal encargado no superaba las diez personas, y la financiación para la realización de proyectos informativos y la importancia que se le dio eran realmente bajas.

Burnyeat considera que esto fue una de las causas del fracaso del plebiscito convocado por Santos Calderón en el 2016, pues, debido a la oposición de mitos que realizó Uribe Vélez en torno a la paz, demasiadas personas perdieron la credibilidad en el proceso, y así se ganaron muchos votos por el "No", y la campaña de pedagogía de paz no logró cubrir la cantidad de espacios deseados.

El segundo capítulo, titulado "El impulso nacionalista: el desarrollo de la pedagogía de paz gubernamental, 2012-2018", relata los errores en la ejecución de la pedagogía de paz adoptada por el Gobierno para combatir la desinformación y hacer la confrontación de mitos vs. realidades, y dar a conocer los avances del proceso y las negociaciones en La Habana. De este apartado se logra inferir el siguiente cuestionamiento: ¿El Gobierno no hizo suficiente pedagogía de paz?, y no visto únicamente desde el enfoque antes expuesto, del bajo presupuesto y personal que había para realizar dicha pedagogía, sino a una cuestión de confidencialidad, pues había un acceso limitado a la información de lo que se hablaba en La Habana. Era tan así la situación, que entre las mismas dependencias designadas para coordinar y ejecutar lo relacionado con el proceso, había recelo con lo que se divulgaba, así que, con una información limitada sobre las negociaciones, era realmente difícil aplicar una pedagogía en la que se pudiera informar con veracidad.

Otro error que la autora identifica en este capítulo, fue que en realidad no se pensó en una pedagogía en la cual se divulgara e informara sobre el acuerdo, sino que fue una necesidad que se diseñó improvisadamente, y se puso en marcha conforme las negociaciones se desarrollaban; además, el Gobierno tenía todos sus enfoques en La Habana y se olvidó de informar y educar al pueblo colombiano, lo que dejó a unos pocos encargados de la tarea de la pedagogía, y mientras informaban tenían que "dar la cara" sobre el secretismo que se estaba manejando alrededor de las negociaciones. Como no se tenía un plan de acción y fue creada sobre la marcha, no se le prestó la atención que realmente se necesitaba, para así concientizar a las personas para que hubiera ganado el "Sí" en el plebiscito. El enfoque dado a la pedagogía no era realmente eficaz: se encargó solo de comunicar los mecanismos de paz y explicar los puntos del acuerdo; además, no contaban con pedagogos que pudieran explicar a la comunidad de una manera más acertada.

Esa extrema confidencialidad, implementada por los entes gubernamentales afectó la seguridad y confianza de la ciudadanía frente al Estado y el proceso de paz, lo cual dificultó más dicha relación, pues esta falta de claridad incentivó rumores y especulaciones entre las personas, motivadas por las enormes masas de desinformación en toda la red de comunicación, en especial aquella dirigida por Uribe Vélez. Ante esto, Burnyeat expone que, estratégicamente, el Gobierno pudo idearse distintos mecanismos de información y claridad, para que la ciudadanía se sintiera parte del proceso, fomentando la confianza en el Estado y las acciones que venía realizando.

Conforme el grupo de participación de la OACP, encargado de la pedagogía, "daba la cara" a la sociedad colombiana, muchos les reclamaban y responsabilizan por las falencias cometidas en ese momento; la población colombiana se sentía traicionada en la manera como les estaban ocultando la información. ¿Acaso ellos no podrían conocer sobre lo hablado en La Habana? ¿Por qué se manejaba tanto secretismo en torno a una situación de interés nacional? Si la paz tenía que aplicarse en Colombia, no en La Habana, muchos de ellos creían que se estaba negociando de espaldas al país, así que la labor de la OACP se intensificó, ya que dicha pedagogía suponía, además, la nueva labor de recuperar la confianza de cada vez más personas que dejaban de creer en el Estado, como ente protector y garante que fundamentaba sus actuaciones en la transparencia y publicidad, y, así mismo, se perdía la fe en el tan anhelado proceso de paz.

Se creó la necesidad de que más instituciones divulgaran y apoyaran el acuerdo, así que, desde la OACP, se diseñó una red de cooperación de alcaldías y gobernaciones, que fortaleció desde abajo las relaciones, acentuó la intención de robustecer la confianza e hizo partícipe a toda la ciudadanía de la paz.

La crítica que la autora realiza al improvisado proyecto de pedagogía de paz, es que se volvió un arma de doble filo para la institución y el proceso de paz, lo cual aumentó la desconfianza hacia Santos Calderón y el Gobierno como institución; sin embargo, no resultó un total fracaso, pues impulsó la creación de estrategias, espacios de diálogo y concientización como formas pacíficas en las que los ciudadanos interesados en mayor información, o que tuvieran dudas o puntos en contra del acuerdo, lo comunicaran, sin la necesidad de recurrir a formas rudas como las protestas y campañas negativas hacia el proceso, sino que, por el contrario, se desarrollaron dinámicas de cercanía y comunicación clara y sencilla, para que toda la población pudiera entenderla.

En el tercer capítulo, denominado "La antipolítica del liberalismo cultural", se expone la confrontación entre no solamente dos tipos de políticas adversarias, sino que también lo hace con las rostridades de los principales rostros de la campaña por el "Sí" y por el "No", es decir, Santos Calderón y Uribe Vélez. Primero, es necesario conocer a qué se refiere el concepto de rostridad, el cual Burnyeat lo define como la forma de clasificar socialmente a alguien, determinándolo por características físicas y socioeconómicas. Así pues, señala la autora que Santos Calderón era concebido popularmente como un hombre de cabeza fría, distante y demasiado serio, y empleaba un lenguaje muy formal; su ser representa la típica idea que se tiene de la clase élite capitalina, y el problema radica en que, aunque en las universidades y los distintos espacios académicos y de prestigio admiraban a Santos Calderón por su firmeza y seriedad, el pueblo colombiano lo sentía distante, no encontraban en él una cercanía que les forjara lazos para crear una seguridad emocional respecto de su gobierno.

Por el contrario, Uribe Vélez era la digna representación de un campesino antioqueño, dotado por las características de personalidad del típico paisa, amistoso, conversador y cercano a la gente en sus interacciones; generalmente empleaba jergas y frases muy coloquiales, además de entablar una conversación en la que demostraba preocupación e interés en el bienestar de las personas. Esto último generó que en repetidas ocasiones fuera tildado de populista, y que sus acciones fueran calificadas como falsas; aun así, la gente apreciaba más la cercanía de Uribe Vélez que la distancia de Santos Calderón, por lo que se le atribuía una personalidad carismática al primero y una gran falta de carisma al segundo.

La autora también califica la rostridad de dos sujetos muy importantes en el desarrollo del proceso de paz. Primero, Sergio Jaramillo Caro, designado como Alto Comi­sionado para la Paz, quien era un hombre perteneciente a la clase alta capitalina y compartía muchas similitudes de rostridad con Santos Calderón, pues su contexto y círculo social eran casi los mismos. Respecto a los problemas de confidencialidad diagnosticados en el segundo capítulo del libro, muchos fueron gracias a Jaramillo Caro y su manejo de las relaciones internas entre las dependencias para la paz; también, era más frío en sus interacciones con la ciudadanía.

Por el contrario, Rodrigo Rivera Salazar, sucesor de Jaramillo Caro, era una persona más dada a la gente, lo que consecuentemente hizo ver a la figura del Alto Comisionado para la Paz como una institución más amigable, ya que mientras más cercana sea la rostridad del comunicador con la de la audiencia y la pedagogía de paz, la ejecución y aplicación de la pedagogía de paz será más efectiva.

El capítulo cuarto se titula "Interfaz: escenificar la legitimidad" y en él Burnyeat expone que, aunque el Estado colombiano, encabezado por Santos Calderón era parte del acuerdo, también era el encargado de legitimarlo, así que asume un papel extra, el de interfaz, pues debe ser punto de conexión de su propio acuerdo. Pese a ello, la autora identifica algunos errores y omisiones que, como interfaz del proceso de paz, nublaron y dificultaron el proceso. Primero, la pedagogía de paz se realizó de manera unilateral, es decir, se enseñó y divulgó la información sobre el acuerdo de paz desde una perspectiva meramente gubernamental, en la que lo posicionaba como una institución benevolente y virtuosa, pero dejó de lado la perspectiva de la otra parte del acuerdo bilateral, por lo que no se tuvo en cuenta su interpretación de la pedagogía. Para ejemplificar, la autora trae a colación los dos primeros puntos del suscrito acuerdo: la reforma rural integral y la participación política de las FARC otorgándole curules en el Senado. Aunque el Estado analizó estos puntos como maneras de cerrar la brecha social y garantizar la justicia transicional, las FARC lo analizaron desde una perspectiva totalmente distinta, y para ellos estos puntos habían sido un logro supremamente significante, pues se estaban alcanzando los objetivos fundamentales de su lucha; como producto de esto, se tuvieron dos pedagogías en torno al mismo acuerdo, solo que una por completo desventajada respecto de la otra.

Otra omisión que dificultó el ejercicio de interfaz fue el desconocer la historia, ya que en ninguna etapa del proceso se notó una preocupación por discutir cuál fue el origen del conflicto armado interno en el país, y sin historia era difícil fundamentar los puntos del acuerdo. Señala la autora que, más que el contenido del acuerdo, en las sesiones de pedagogía ofrecidas por la OACP la gente cuestionaba el motivo por el cual había iniciado el conflicto y las razones por las que los grupos insurgentes comenzaron sus movimientos. Entonces, los agentes de la entidad se quedaban cortos cuando la comunidad los cuestionaba acerca de esto, ya que solo estaban preparados con un guion para dar información sobre el acuerdo.

El discurso que autorizó el Gobierno era muy limitado, además de la nula recopilación histórica del conflicto armado, es decir, no querían politizar el acuerdo. Burnyeat justifica dicha omisión y dice que "dar la cara" en calidad de gobierno cuando se trata de alguien de menor rango, restringe de modo significativo sus actuaciones, pues dicha persona que sale a encarar las situaciones solo sigue órdenes e intenta mantener cierto control claramente limitado de la situación.

Por último, están las diferencias culturales establecidas entre las élites mayormente capitalinas y los ciudadanos. Los primeros eran parte de la OACP y se encargaban de realizar la pedagogía; los segundos eran la población a la que se le impartían las charlas y la divulgación de información. Era muy ajeno cuando dichos agentes se equiparaban con las víctimas del conflicto armado, cuando ellos eran una: el

Gobierno, pues ellos "daban la cara" en representación del Estado y ninguno había sido víctima ni directa o indirectamente de la violencia. Es así como la condición de interfaz se tergiversa con motivo de la desconexión entre distintos lugares del país, teniendo en cuenta que, por esta misma razón de desconexión y abandono, las zonas periféricas del país han sido brutalmente ultrajadas y se les han desconocido tantos derechos con ocasión del conflicto armado.

El capítulo quinto, "Conciencia de Estado: tres capas de responsabilidad y confianza" inicia explicando el porqué de su nombre. Burnyeat considera que debe generarse una conciencia de Estado, en la cual este debe ser consciente de ser el Estado; así pues, toda persona que allí trabaje tendrá tres tipos de responsabilidades: la primera, personal, basada en las acciones; la segunda, operativa o institucional, correspondía a la experiencia de desempeñar funciones en un equipo particular de la OACP; y por último, la de tipo gubernamental, enfocada en desempeñar una función abstracta derivada de trabajar para cualquier institución gubernamental, además de implementar el acuerdo de paz.

Gracias a las reuniones realizadas por la OACP, se identificó que la confianza era la emoción que se necesitaba para reparar las heridas que el conflicto armado había tejido sobre toda la población, algunas más profundas que otras, y después crear lazos de solidaridad en un contexto de diversidad.

Por esta razón se crea el proyecto de narrativas, dirigido por la OACP, como un intento de remediar los errores cometidos al no transmitir la paz de una manera pedagógica, clara y comprensible para toda la ciudadanía colombiana; sin embargo, los agentes estatales presentan una dualidad, pues buscaban escenificar un Gobierno "sentimental", pero les tocaba representar uno que contrariaba totalmente dicha idea. Burnyeat afirma que este fenómeno es causado por las tres capas de responsabilidad que les atañen a los funcionarios, y también la confianza y emocionalidad que les corresponde como seres humanos. Señala asimismo la autora, que el sentimiento de recelo y desconfianza no era solo de la población rural azotada por el conflicto armado, sino que a los agentes estatales les producía gran angustia tener que escenificar la desconfianza por ser trabajadores del Gobierno.

El capítulo sexto, "La esencia política de la acción del Gobierno: la labor afectiva de enlazarse con las FARC y otros actores', se centra en la etapa del posacuerdo. Las FARC y el Gobierno nacional deben dejar de ser antagonistas y reunir esfuerzos y cooperación para cumplir con lo pactado, y así iniciar con la fase de desmovilización y reincorporación. Como esta no se desarrollaban en Bogotá, la OACP tuvo que actuar con prontitud y crear un equipo regional, conformado por un director y un grupo de entre seis o siete personas, cada una de ellas encargadas de coordinar distintas zonas y un enlace (interfaz) en cada zona. Este proyecto fue innovador, ya que la gestión fue local y no se gestionó todo desde la capital, y aquellos se volvieron "la cara" del Estado en lugares donde este nunca estuvo presente.

Así pues, se propició la presencia estatal en zonas históricamente olvidadas, y se buscaron maneras para interconectar los sitios más remotos con las ciudades y los municipios más modernos. Se llevó a cabo también una reincorporación gradual a los excombatientes a la vida civil, como parte de la justicia transicional.

Concluida la etapa de desarme, la responsabilidad de la OACP terminó y se le traspasó a la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN), pero aún era necesario mantener las relaciones entre la capital y las zonas de desarme y reincorporación, por lo que estos agentes fueron trasladados a municipios cercanos para coordinar la creación de Consejos Territoriales de Paz y continuar con la pedagogía, punto que destaca la autora, era vital ir a diferentes espacios a construir relaciones interpersonales y educar sobre la paz. Esta idea de pedagogía se acercaba más a lo que realmente se necesitaba, pues manejaba un lenguaje muy sencillo, y más que una "exposición" sobre el acuerdo, era un espacio de diálogo en el que se fortalecía la confianza institucional.

Por último, el capítulo siete, "Una cara configurada por interrelaciones: la implicación internacional en la responsabilidad gubernamental", detalla que el Gobierno de Santos Calderón contó con alta presencia de entidades internacionales para llevar a cabo el proceso de paz con las FARC, ya que sus creencias siempre estuvieron marcadas por una perspectiva internacional. También invitó a todo un equipo de extranjeros expertos en materia de negociaciones de paz para que le brindaran asesoría y pactar en el acuerdo múltiples puestos para entidades internacionales. Conforme el proceso de paz se desarrollaba con éxito, llamaba más la atención, así que muchas personas y entidades internacionales demostraban más interés en participar y seguir el proceso de paz de cerca. La autora expone que Santos Calderón logró conformar una "cosmovisión compartida sobre la paz liberal en una interfaz internacional que era predominantemente liberal en ese momento", lo cual ayudó al proceso de paz al recibir el apoyo estratégico de potencias mundiales y el soporte económico de distintas fuentes.

Pero no todo era grato: la autora expone la precariedad de élite de los contratistas del Gobierno, referida a cómo manejaron las relaciones laborales con sus empleados y servidores públicos, ya que se tardó en realizar los pagos de los salarios, había poca estabilidad laboral y los derechos laborales no tenían cabida. Así pues, los funcionarios del grupo de pedagogía de la OACP dependían de los contratos financiados por agencias internacionales.

En conclusión, el libro La cara de la paz. Gobierno, pedagogía de paz y desinformación en Colombia presenta no solo a la sociedad colombiana, sino al mundo, lo complejo que resultó implementar un acuerdo de paz con un enfoque social e integral, en el cual la justicia fuera la base para lograr la paz, pero sin entorpecerlo con recriminaciones y rencores que sembraran más odio y resentimiento en una sociedad que tanto anhelaba vivir en armonía. El proceso para iniciar a hablar de paz fue difícil, pues entre escépticos y oponentes, la desinformación, desconfianza e ignorancia supuso la creación de múltiples mecanismos para enfrentar los retos imprevistos por el Estado. Aunque no fue un proceso perfecto, y se evidenciaron muchos errores e improvisaciones que no resultaron tan positivas, la organización y el desarrollo del complejo proceso de paz fue un ejemplo en el mundo de perdón y reconciliación entre las relaciones de la sociedad misma y las de esta con el Estado.



Paula Camila Gómez Hernández
Universidad Católica de Colombia,
pegomez89@ucatolica.edu.co


Referencias

Burnyeat, Gwen. La cara de la paz. Gobierno, pedagogía de paz y desinformación en Colombia. Traducción de Santiago Paredes Cisneros. Bogotá: Editorial Universidad del Rosario, 2024.


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