Código: 2181570242
Autor: istockphoto.com
Eduardo Andrés Perafán Del Campo 1
Juan Pablo Pinto Bernal 2
Manuela De La O Ávila Fonseca 3
1 Doctorando en Ciencias Sociales —transformaciones
en el espacio y la sociedad de la globalización— por la Universidad de Granada (España).
Magíster en Estudios Políticos e Internacionales y Politólogo de la Universidad del Rosario (Colombia).
Director de Relaciones Internacionales e Interinstitucionales de la Universidad del Quindío
(Colombia), investigador, editor académico, profesor universitario, analista y
consultor en asuntos públicos e internacionales.
eaperafan@uniquindio.edu.co
0000-0002-9981-2679
2 Magíster en Estudios Políticos e Internacionales e Internacionalista con énfasis en
Gobierno y Gerencia Pública, y Desarrollo y Participación de la Universidad del
Rosario (Colombia).
Funcionario de la Oficina de Relaciones Internacionales e Interinstitucionales de la Universidad del Quindío (Colombia) y docente
vinculado de la Universidad La Gran Colombia (Armenia).
jpinto@uniquindio.edu.co
https://orcid.org/0009-0009-4967-8983
3 Profesional en Ciencia Política y Gobierno de la Universidad del Rosario (Colombia).
Profesional de la Oficina de Relaciones Internacionales e Interinstitucionales de la Universidad del Quindío (Colombia).
mlavila@uniquindio.edu.co
Recibido: 2 de julio de 2025
Evaluado: 4 de agosto de 2025
Aceptado: 5 de septiembre de 2025
Cómo citar este articulo [Chicago]: Perafán Del Campo, Eduardo Andrés, Juan Pablo Pinto Bernal y Manuela De La O Ávila Fonseca. 2025. "Resignificar la acción internacional universitaria: diplomacia pública y cooperación descentralizada con sentido territorial". Novum Jus 19, núm. 3: 253-290. https://doi.org/10.14718/NovumJus.2025.19.3.9
Resumen
Territorialidad, diplomacia pública y cooperación internacional descentralizada son categorías que, en los últimos años, han ganado un lugar distinto en las discusiones sobre la internacionalización de la educación superior. Ya no pueden entenderse como elementos secundarios frente a una agenda marcada por la movilidad y los indicadores globales, sino como claves para imaginar otras formas de participación internacional desde las universidades. Este artículo se aproxima a estas nociones y las redefine desde un enfoque cualitativo, con uso de técnicas mixtas. Esta investigación permite repensar cómo la acción internacional puede construirse desde el territorio, proyectando una voz propia, sin quedar atrapada en la lógica imitativa de los referentes dominantes.
Palabras clave: internacionalización, educación superior, universidades, sur global, diplomacia pública, territorialidad, cooperación internacional descentralizada, globalización.
Abstract
Territoriality, public diplomacy, and decentralized international cooperation have, in recent years, gained renewed relevance in discussions on the internationalization of higher education. These concepts can no longer be seen as secondary to an agenda dominated by mobility and global indicators. Instead, they offer key insights for reimagining how universities engage internationally. This article explores and redefines these notions through a qualitative approach using mixed methods. The study invites to rethink how international engagement can be rooted in local contexts, allowing institutions to project their own voice without falling into the mimicry of dominant models.
Keywords: internationalization, higher education, universities, global south, public diplomacy, territoriality, decentralized international cooperation, globalization.
Introducción
El desarrollo de la internacionalización de la educación superior en el mundo se ha visto condicionado por lecturas que han privilegiado la producción de cifras de movilidad estudiantil al margen de estrategias conscientes de desarrollo territorial, la competencia en rankings globales a partir de indicadores reduccionistas y la adopción acrítica de estándares internacionales, usualmente definidos desde contextos diametralmente opuestos al de las universidades de región del sur global. Modelos que han contribuido, hasta cierto punto, al fortalecimiento académico y la visibilidad global son también objeto de críticas al reducir la riqueza y complejidad de los contextos locales, territoriales y culturales en los que las universidades operan cotidianamente1.
Por ello, dicha condición hace necesaria una revisión crítica de la noción misma de internacionalización, especialmente desde instituciones y regiones que no se identifican plenamente con algunas lógicas dominantes en materia de educación global. En este sentido, conceptos como la territorialidad, la diplomacia pública y la cooperación internacional descentralizada cobran gran relevancia y se posicionan como alternativas reales y viables frente a modelos más convencionales y, hasta cierto punto, hegemónicos. Cada una de estas categorías, lejos de ser abstracciones teóricas, adquiere sentido cuando se traducen en prácticas concretas que transforman las relaciones locales-globales desde la mirada de los territorios y dan fuerza a la voz de actores tradicionalmente excluidos del diálogo internacional.
En este orden de ideas, el presente artículo profundiza en estas categorías, a partir de un ejercicio de redefinición de ellas, para luego aterrizar en el estudio de la internacionalización de la educación superior. El análisis presente en este trabajo lleva a evidenciar cómo las universidades pueden transformar significativamente su participación en el escenario internacional, convirtiendo estas categorías conceptuales en herramientas para proyectarse estratégicamente en el ámbito internacional. Con ello, se propone un aporte concreto al debate contemporáneo sobre la internacionalización de la educación superior transformadora y con sentido, ofreciendo líneas de acción que destacan el potencial innovador y crítico de instituciones comprometidas con sus territorios.
Metodología
La metodología de este artículo partió de un enfoque cualitativo, que orientó una revisión bibliográfica inicial de 48 artículos publicados entre 2015 y 2025. La búsqueda se realizó de manera exclusiva en Scopus, filtrando los títulos, los resúmenes y las palabras clave que desarrollaran las nociones de territorialidad, diplomacia pública y cooperación internacional descentralizada. A su vez, se priorizaron los artículos de acceso abierto que tuvieran un impacto medido por el número de citas registradas. De manera complementaria, para facilitar su sistematización e interpretación documental, se utilizaron herramientas de asistencia por inteligencia artificial (IA) para la elaboración de fichas analíticas que permitieran la identificación de tendencias y desarrollos conceptuales situados en el corpus. Finalmente, se realizó una reconstrucción contextualizada de la internacionalización de la educación superior en Colombia para establecer un diálogo con los conceptos redefinidos.
Territorialidad como disputa al paradigma estatista y como experiencia situada
Durante la última década, el concepto de territorialidad ha sido objeto de una profunda relectura crítica. El análisis del corpus revisado muestra que ya no puede entenderse como simple expresión del control estatal sobre un espacio físico delimitado. Por el contrario, se revela como una práctica relacional, multiescalar y situada, configurada por sujetos que disputan sentidos colectivos, construyen vínculos y proyectan nuevas formas de habitar. Esta transformación no puede ser comprendida únicamente como un desplazamiento semántico o una torsión categorial del lenguaje. Se trata, más bien, de una impugnación profunda —tanto política como epistémica— dirigida contra las narrativas eurocéntricas y los dispositivos tecnocráticos que han pretendido fijar el territorio como objeto neutro, administrable o meramente funcional.
Una de las primeras vetas críticas que emerge en esta reconfiguración es la que se dirige al paradigma estatista. En múltiples trabajos, diversos autores convergen en señalar que la territorialidad no puede seguir pensándose como simple derivación de la soberanía ni como subproducto del ensamblaje jurídico-administrativo que organiza el Estado moderno. Lo territorial, desde esta perspectiva, desborda esas coordenadas y se constituye como un campo de disputa, de agenciamientos múltiples, de articulaciones que exceden lo estatal sin negarlo, y que tensionan sus fundamentos mismos. Por ejemplo, en Colombia, Pineda Gómez & Valencia-Castro2 muestran cómo las comunidades campesinas del Oriente antioqueño plantean visiones alternativas a un ordenamiento territorial que desconoce las formas tradicionales en que habitan, dando lugar a formas alternas de vivir la territorialidad. Su & Lim3, desde un contexto cultural diametralmente opuesto, el chino, analizan cómo el Estado construye territorialidades que impulsan una soberanía económica multiescalar, pero revelan que estas no son plenamente impuestas, sino negociadas con actores locales.
Caballero-Fula4 evidencia que la territorialidad indígena en el Cauca, leída desde las epistemologías del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), se funda en la defensa de la vida y la espiritualidad, no en la propiedad ni en el límite cartográfico. Bocarejo & Ojeda5 proponen el concepto de "conflictos de racionalidad espacial" para describir los choques entre proyectos estatales de desarrollo y territorialidades afrodescendientes basadas en reciprocidad y ancestralidad. Por otro lado, aterrizando en Brasil, los estudios de Silva & Andrade6 y Lins & Mozine7 sobre comunidades quilombolas destacan territorialidades alternas a paradigmas estatistas, en las que estas son construidas desde la relación cuerpo-tierra, la memoria colectiva y saberes no reconocidos por el derecho estatal.
Así, la territorialidad, lejos de agotarse en su dimensión simbólica o normativa, se inscribe también en huellas materiales persistentes y en tramas de movilidad ancestral que resisten la clausura cartográfica impuesta por el Estado. Así lo evidencian, por ejemplo, los trabajos de Curtoni et al.8, quienes estudian las llamadas "rastrilladas indígenas" en territorio argentino como expresiones autónomas de control espacial, ancladas en memorias de desplazamiento que no obedecen a la lógica del trazado moderno. Por su parte, Espinoza Collao & Ovando Santana9 muestran cómo las territorialidades aymaras en la región de Tarapacá desbordan las fronteras políticas y se afirman en una soberanía cultural nómada, cuya vitalidad se sostiene en prácticas móviles, afectivas y profundamente enraizadas. Ahora, desde una mirada poscolonial, Spíndola Zago10 interpreta la frontera como un espacio de agencia en donde los migrantes, paradójicamente, producen relaciones de pertenencia y permanencia en contextos territorialmente difusos y más allá de la formalidad estatal. A su vez, dicha idea es profundizada por De Jong et al.11, quienes estudian la territorialidad indígena en las pampas y la Patagonia y la interpretan como una red histórica y policéntrica basada en alianzas y formas de agencia no hegemónicas.
De manera complementaria, la literatura nos sigue mostrando cómo actores no estatales también generan territorialidades. Por su parte, los autores Addie et al.12 muestran cómo las universidades canadienses producen espacialidades urbanas a través de redes de conocimiento y planificación. En otra línea, Bridge & Bradshaw13 observan que el mercado global del gas natural licuado crea territorialidades que apoyan al capital transnacional mediante infraestructuras logísticas y regímenes jurídicos paralelos. Estas investigaciones coinciden en relativizar la centralidad del Estado como productor exclusivo de territorialidad. Las prácticas territoriales emergentes no niegan la existencia del Estado, pero evidencian que este coexiste, compite o negocia con otras formas de autoridad y racionalidad espacial.
Este descentramiento del enfoque estatal se articula, a su vez, con una segunda línea analítica: el giro ontológico hacia la territorialidad como experiencia situada y afectiva. Desde este enfoque, el territorio deja de presentarse como objeto delimitado o recurso disponible, para afirmarse como una relación viva: un modo de habitar que se entreteje en el cuidado, la memoria encarnada, el arraigo afectivo y las prácticas de subsistencia que sostienen la vida en su dimensión más cotidiana y vulnerable.
Así lo muestran, desde geografías distintas pero resonantes, diversas investigaciones recientes. Por ejemplo, Monterroso & Rojas14, exploran la forma en que comunidades populares en Guatemala construyen territorialidades alternas a través de tramas de subsistencia y memoria compartida. Seguidamente, Segura & Aguilar15, en el contexto mexicano, proponen como objeto de análisis las redes de cuidado y los gestos simbólicos de apropiación, especialmente en la periferia urbana, que erosionan las formas rígidas de zonificación estatal. En el suroccidente colombiano, Vergara & Quintero16 documentan los procesos de resignificación territorial de Llano Verde —un barrio habitado por víctimas del conflicto armado— en donde el duelo, la resistencia y la esperanza se entrelazan y crean otras formas de habitar. Desde otra clave temporal, Fernández-Castelblanco17 introduce la noción de "anhelo" como matriz estructurante de los territorios periféricos, marcada por una espera activa, por una política del deseo que desborda lo inmediato.
En territorios rurales e indígenas es posible percibir dicha dimensión afectiva en las prácticas de gestión del agua, en los desplazamientos rituales y formas de movilidad ancestral que configuran una relación con el territorio que no se deja reducir ni a mapas ni a métricas. Ramos & Yapu18, por su parte y desde el altiplano boliviano, destacan la reciprocidad como principio territorial. Lazo Corvalán et al.19, desde una perspectiva mapuche-williche, revelan que la movilidad cotidiana se entrelaza con ritmos naturales y saberes ancestrales. En el caso de Mendoza, una etnografía realizada con migrantes bolivianos permite ilustrar cómo desde el trabajo agrícola, el cuerpo que resiste y el deseo de arraigo se pueden configurar formas de territorialidad construidas desde la experiencia del desarraigo y la agencia migrante20.
Ahora, en contextos urbanos, también es posible observar territorialidades que se reconfiguran a partir de prácticas culturales alternas. Por ejemplo, en el contexto de la pandemia, el circuito punk en Chapinero (Bogotá, Colombia), escenificó una forma de "territorialidad nómada", desbordando márgenes de posibilidad de acción y desafiando posibles ordenamientos simbólicos dominantes21. Algo similar ocurre en comunidades educativas del norte argentino, donde las cartografías participativas se convierten en herramientas de apropiación territorial crítica, tal como señalan Sabatini et al.22. En todos estos casos, el territorio es una trama viva, disputada y en constante reconfiguración. Todas estas investigaciones comparten una premisa: territorializar no es simplemente ocupar o controlar un espacio, es sostenerlo, narrarlo, cuidarlo y transformarlo desde la experiencia. El territorio se erige de esta manera como un entramado de vínculos, memorias y afectos, una forma situada de existencia política.
Así, dicho enfoque que lleva a situar lo relacional y lo sensible como ejes de análisis, desborda las lecturas técnicas del territorio. La territorialidad se entiende aquí como una arquitectura viva, en la que se entrecruzan normas, afectos y conflictos23. Más que una superficie o un diseño, como se intuyó antes, es un entramado de prácticas, memorias y disputas que dan forma a lo común desde las experiencias situadas de quienes habitan y resisten.
Siguiendo esta línea argumentativa, podríamos detenernos en el sudoeste bonaerense, en donde Trucco24 estudia formas de industrialización periférica que emergen desde redes laborales y memorias colectivas, sin responder a la lógica de la planificación central. Desde otro lugar, Acevedo et al.25 interpretan los grabados rupestres del sitio Corcovo 2 como marcas activas de afirmación territorial, inscritas en momentos de transformación social. En ambos casos, el territorio no es un contenedor neutro, sino una trama densa donde se inscriben modos de vida, memorias compartidas y conflictos aún abiertos.
En una línea similar, Limón López & Gago Antón[26] muestran cómo, en Ulster, el arte, los murales y las narrativas audiovisuales funcionan como dispositivos de resignificación territorial e identitaria. Una lectura crítica global de la territorialidad jurídica es propuesta por Dòrry27, quien analiza las arquitecturas legales de excepción diseñadas para favorecer al capital financiero. En dichos escenarios, el derecho no opera simplemente como un conjunto abstracto de normas, sino como una tecnología específica de control territorial, desplegada al servicio de lógicas globales de competitividad, invisibilización estratégica y evasión regulatoria. Es decir, un derecho que lejos de ser neutro, asume la forma de zonas de excepción y marcos jurídicos diseñados para sostener intereses particulares bajo apariencias de legalidad.
En otro escenario diferente, el ámbito marítimo, el diálogo entre el derecho y la territorialidad alcanza niveles de sofisticación bastante particulares. Por ejemplo, Foley & Mather28 introducen el concepto de "territorialidad terracuoide" para dar cuenta de ensamblajes híbridos donde mar, tierra y ordenamientos normativos convergen bajo el control entrelazado de actores estatales y corporativos. Es decir que no se trata ya de soberanías necesariamente estáticas, por el contrario, se da cuenta de formas móviles y multiescalares de dominio espacial, profundamente instrumentalizadas en función del extractivismo oceánico. Por otro lado, en entornos condicionados por la violencia étnica, tales como en la ciudad de Jos (Nigeria), los procesos de territorialización adquieren una particularidad simbólico-normativa distinta. Sobre ello, Madueke29 logró documentar las líneas de acción que incentivaron a diversos grupos sociales para instituir zonas de exclusión y pertenencia mediante prácticas que articulaban el espacio urbano con la identidad y el poder. En este sentido, el territorio se vuelve también frontera viva, marcada por tensiones que definen quién puede habitar, nombrar y representar.
En ese caso particular, el territorio se convierte en gramática material del conflicto que codifica memorias, fronteras internas y modos diferenciados de acceso a lo urbano. La violencia, en este contexto, se convierte en un mecanismo de imposición territorial que actúa sobre el espacio y sobre los cuerpos. Finalmente, en otra línea, FitzGerald30 desarrolla el concepto de "control remoto de la migración", al analizar cómo los Estados externalizan su control territorial mediante acuerdos legales multilaterales, generando formas de territorialidad extendida que desafían las nociones clásicas de soberanía.
Territorialidad: desplazamientos conceptuales y redefinición situada
El recorrido por el corpus analizado muestra que el concepto de territorialidad se encuentra en plena transformación. Esta reconfiguración se sostiene en tres desplazamientos fundamentales que rompen con su lectura clásica como dispositivo estatal de control espacial. En primer lugar, se produce un giro epistemológico: el territorio deja de ser concebido como una superficie delimitada para afirmarse como una experiencia vivida, situada y políticamente disputada. Territorializar, en esta clave, no es trazar límites, sino construir sentido desde el habitar, la memoria, el vínculo y la agencia comunitaria.
El segundo desplazamiento cuestiona la centralidad teórica del Estado como agente exclusivo de territorialización. Desde geografías diversas, emergen prácticas espaciales ejercidas por sujetos subalternos —indígenas, campesinos, afrodescendientes, migrantes, comunidades urbanas, feministas— que configuran territorialidades propias, muchas veces en tensión con los regímenes jurídicos, económicos e institucionales dominantes. No se trata solo de resistencias, sino de formas heterogéneas de autoridad y racionalidad que disputan el sentido del territorio. El tercer desplazamiento es metodológico. Estudiar la territorialidad exige romper con los dispositivos tecnocráticos del análisis espacial y adoptar marcos sensibles, situados y coconstruidos. Etnografías del habitar, cartografías afectivas y relatos corporales se vuelven fundamentales para comprender el territorio como relato, memoria y vínculo encarnado.
Estos tres desplazamientos de orden epistemológico, teórico y metodológico confluyen en una redefinición de la territorialidad como matriz situada que produce sentido, poder y comunidad. Desde el plano epistemológico, implica reconocer que el conocimiento no se produce desde una neutralidad abstracta, sino a partir del arraigo, el cuerpo y la experiencia situada. Los trabajos de Ramos & Yapu31, Vergara & Quintero32, así como el de Lazo Corvalán et al.33, insisten en un punto común: el saber territorial no observa desde fuera, sino que se gesta en la vivencia, se encarna en la historia y se disputa en medio de tensiones concretas.
Desde una aproximación teórica, la territorialidad deja de ser una categoría auxiliar para erigirse como un paradigma relacional potente que permite leer la complejidad de nuestras sociedades contemporáneas en su entrelazamiento de escalas, actores y conflictos. En dicho marco, espacio, identidad, poder y resistencia no se entienden como dimensiones aisladas, sino como hilos que se tejen en una misma trama situada. A su vez, su potencia teórica reside en la capacidad de desbordar oposiciones rígidas —centro y periferia, legalidad y exclusión, lo urbano y lo rural— para abrir horizontes en los cuales el habitar se entreteje con la memoria y la construcción y lucha de lo común. Por ejemplo, estudios como los de Monterroso & Rojas34, Pineda Gómez & Valencia Castro35 y Madueke36 dan cuenta de este giro, al igual que los que indagan en territorialidades industriales periféricas37 o en formas de resistencia artística situadas38,39.
Desde lo metodológico, el estudio de la territorialidad exige una ética situada que reconozca en lo local una fuente legítima de interpretación y transformación. Pero más allá de una opción técnica, la territorialidad constituye en sí misma un camino metodológico: permite identificar las particularidades de contextos inmediatos y, desde allí, ponerlas en diálogo con otras dimensiones —sociales, políticas, culturales o ecológicas— del mismo territorio. Desde esta clave, territorializar el análisis no se limita a situar los fenómenos en un espacio determinado, sino que exige abrir zonas de interacción entre realidades disímiles, lenguajes que no siempre se traducen entre sí, y sistemas de valores heterogéneos que, no obstante, coexisten y se entrelazan en el espesor de lo territorial. Se trata de pensar el espacio como campo de fricciones, de traducciones parciales, de ensamblajes inestables.
Este horizonte se hace visible en trabajos que ensayan metodologías abiertas al entrecruce disciplinar y epistémico: desde el uso de tecnologías participativas en procesos de construcción espacial40 hasta las etnografías del habitar que exploran las formas sensibles de relación con el entorno41,42,o las aproximaciones simbólicas al paisaje desarrolladas desde la arqueología y la antropología histórica43,44. En todos estos casos, el análisis territorial deviene práctica situada, hermenéutica relacional y acto político.
Todos estos estudios comparten una apuesta metodológica por escuchar los territorios en su complejidad viva y en su capacidad para conectar lo inmediato con lo estructural, lo afectivo con lo normativo y lo local con otras escalas de sentido. En suma, a partir de estos desplazamientos e inflexiones, la territorialidad puede ser entendida como un dispositivo crítico que construye formas situadas de poder, comunidad y sentido, por medio del cual los actores territoriales disputan, proyectan y configuran espacios habitables desde sus memorias, saberes, derechos y maneras de gobernanza y vida colectiva.
Diplomacia pública
Uno de los principales hilos conductores en los desarrollos recientes de la literatura es la erosión del monopolio estatal sobre la voz diplomática y la consecuente descentralización de la capacidad de agencia a escala internacional. Por ejemplo, los medios digitales en lengua china radicados en Australia, estudiados por Sun45, actúan a la vez como amplificadores y disruptores de la narrativa oficial de Sidney, obligando al Gobierno a reconocer a la diáspora como coproductora —y no simple destinataria— del relato nacional. De modo análogo, Òzdora Akçak46 muestra cómo Turquía articula un discurso humanitario en torno al refugiado sirio que refuerza su legitimidad exterior y denuncia la pasividad occidental; las fronteras entre política doméstica y exterior se desdibujan y la comunidad desplazada se convierte en actor y argumento. Mazumdar47 completa el cuadro al describir la diáspora india como vector de marca-país, mercado de capital social y puente comercial, enlazando reputación, inversión y rentabilidad.
Estas transformaciones reflejan una creciente interacción, bien sea armónica o conflictiva, entre diplomacia pública y política exterior, en la cual los actores no estatales no solo complementan, sino que también reconfiguran las estrategias internacionales tradicionalmente diseñadas desde las cancillerías. Gobiernos locales, universidades, colectivos culturales y comunidades digitales aparecen, así como emisores legítimos de narrativas internacionales.
A esta pluralidad de voces se suma la digitalización intensiva del espacio diplomático. Lam48 demuestra que, en Vietnam, las comunidades online transfronterizas ejercen simultáneamente como audiencias y emisoras, negociando diplomáticamente en foros en los cuales el Estado ya no controla la conversación. Bjola et al. 49 advierten que la lógica algorítmica y la interactividad en tiempo real convierten la gestión de la desinformación en parte ineludible del oficio diplomático. Se instala así una ecología en la que la atención es el recurso escaso, y en la cual influencers—identificados por Ingenhoff et al.50— reconfiguran y redistribuyen contenidos oficiales, desplazando al Estado del rol de curador central. El análisis comparativo de Bali et al.51 corrobora que, incluso dentro de una misma plataforma (Facebook), la eficacia de la diplomacia depende de objetivos claros, narrativas coherentes e interacción bidireccional: el consulado estadounidense en Erbil supera con creces a la representación kurda en Washington.
La condición hipermedial potencia, además, la dimensión performativa y afectiva de la diplomacia pública. Adler-Nissen & Tsinovoi52 documentan el uso del humor por parte de Israel para sortear la falta de reconocimiento internacional; Chernobrov53 analiza el "humor estratégico" ruso como herramienta para reencuadrar controversias y desactivar críticas; Garamvòlgyi & Dóczi54 exploran el deporte como dispositivo reputacional húngaro, mientras que Ginesta & De San Eugenio55 sitúan el place branding urbano en la intersección entre gobernanza territorial y diplomacia pública.
Todas estas prácticas comparten la apuesta por la emoción —diversión, orgullo, entusiasmo— como catalizador de legitimidad simbólica. Complementariamente, Tam et al.56 demuestran que la "calidad relacional" percibida condiciona el megaphoning: vínculos positivos incentivan la amplificación de mensajes favorables, mientras que relaciones frágiles facilitan la difusión de narrativas críticas.
Pese a su dinamismo, la diplomacia pública contemporánea enfrenta dilemas de credibilidad. Rawnsley57 y Crilley et al.58 recuerdan que la frontera entre diplomacia y propaganda sigue siendo tenue cuando cadenas como CCTV o RT combinan información y agenda política, por ejemplo, al promover una imagen positiva de Rusia durante el Mundial de 2018. Rhee et al.59 corroboran experimentalmente que la eficacia de los gestos humanitarios depende de la "sinceridad percibida": si el público detecta motivaciones estratégicas, la atracción simbólica se diluye. En esta línea, Nye60, al revisar el concepto de poder blando, insiste en que su efectividad reposa en la coherencia performativa de los valores que se proclaman.
A su vez, Mogensen61 plantea una lectura relacional de la diplomacia pública, entendida no solo como instrumento de proyección estratégica, sino también como escenario para cultivar confianza entre sociedades. Al diferenciar entre la confianza institucional y la que se construye entre pueblos, introduce el concepto de people-to-people diplomacy como fundamento de legitimidad en entornos marcados por la desconfianza. De esta manera, se configura una perspectiva que permite desplazar el énfasis en la persuasión hacia la profundidad simbólica del vínculo, en el que la credibilidad es prerrequisito para la interlocución.
Adicionalmente, el corpus consultado también pone en evidencia elementos que merecen ser cuidadosamente revisados. Por ejemplo, Sommerfeldt & Buhmann62 señalan la posible precariedad evaluativa en el Departamento de Estado estadounidense, en el que la confluencia de objetivos difusos, recursos limitados y tensiones internas dificultan, hasta cierto punto, la medición de impactos reales. Esa fisura se vuelve aún más visible cuando se la contrasta con la sofisticación técnica y narrativa que caracteriza hoy al campo diplomático. Sin embargo, como advierten Nitoiu & Pasatoiu63, incluso allí donde se presume avance, la diplomacia pública entre la Unión Europea y Rusia permanece anclada a un libreto binario —conflicto-cooperación— que tiende a reproducir esquemas defensivos sin lograr una transformación efectiva de las percepciones recíprocas profundamente sedimentadas.
Esta rigidez discursiva no puede entenderse al margen de la historicidad profunda que subyace al concepto mismo. Helmers64 lo ha mostrado con claridad: ya en la Europa moderna temprana, diplomáticos y editores de gacetas manipulaban ceremonias, actos públicos y relatos impresos con el fin de modelar la opinión extranjera. No estamos, pues, ante una invención contemporánea, sino ante una tradición de prácticas representacionales que han evolucionado sin romper del todo con sus fundamentos originarios. Lo distintivo hoy no es tanto la práctica, sino la densidad tecnológica, la velocidad de circulación y la masificación de interlocutores.
En este horizonte interpretativo, de la convergencia entre los hallazgos analizados emergen tres desplazamientos que merecen ser destacados por su capacidad de revelar las tensiones contemporáneas de la diplomacia pública:
Primero, la creciente multiplicidad de escalas y actores. Ya no es posible pensar la arena internacional como dominio exclusivo del aparato estatal: gobiernos locales, diásporas transnacionales, comunidades digitales e incluso figuras como influencers disputan sentidos, erosionan jerarquías y resignifican el repertorio simbólico global. Segundo, la emergencia de una lógica narrativa-afectiva que se impone con fuerza. El humor, el deporte, los relatos de migración y los formatos de storytelling emotivo se constituyen en vectores clave para reconfigurar identidades nacionales, generar empatía transfronteriza y legitimar agendas públicas en el plano internacional. En tercer lugar, emerge con fuerza la tensión no resuelta entre innovación comunicativa y credibilidad institucional. El hecho de lograr engagement o resonancia afectiva no garantiza, por sí mismo, confianza pública. Sin un sustrato ético sólido o una narrativa anclada en lo verosímil, la diplomacia pública corre el riesgo de deslizarse hacia la propaganda volátil, debilitando justamente la reputación que pretende consolidar.
En conjunto, la revisión documental del período 2015-2025 actúa aquí como un verdadero sismógrafo conceptual: no se limita a registrar sacudidas recientes y posibilita una lectura más honda, atenta a las transformaciones acumuladas y a los desplazamientos subterráneos de un campo en tránsito. Un campo donde lo sensible, lo político y lo comunicacional no solo se cruzan, sino que se reconfiguran mutuamente en formas cada vez más complejas y heterodoxas. Reconocer esta constelación implica ampliar los marcos analíticos hacia enfoques interseccionales y decoloniales, y establecer métricas que conecten estrategia simbólica con resultados tangibles de cooperación y legitimidad. Solo así la diplomacia pública podrá consolidarse como un verdadero dispositivo de gobernanza alternativa, capaz de traducir imaginarios colectivos en bienes públicos globales, y de articular —parafraseando a Nye— la seducción de los valores con la solvencia de la evidencia.
Diplomacia pública: una redefinición situada y multiactoral
En esta redefinición del escenario internacional, la noción de agencia adquiere un lugar central. Pero no como simple capacidad operativa, sino como posibilidad de proyectar narrativas significativas, establecer vínculos transnacionales, incidir simbólicamente en la escena global y disputar reconocimiento más allá de los canales formales del Estado nación. La agencia internacional, en este sentido, ya no constituye un monopolio exclusivo de las cancillerías: es una práctica distribuida, multiescalar y situada, que se articula desde abajo y desde los márgenes hacia el sistema internacional, generando nuevas configuraciones de poder y legitimidad.
Esta nueva configuración de la diplomacia pública no se sostiene en un solo eje, sino que despliega su potencia en tres dimensiones profundamente interdependientes, cada una atravesada por lógicas simbólicas, territoriales y políticas que se entrelazan sin perder su singularidad. En primer lugar, su dimensión narrativa-comunicativa: lejos de ser un ejercicio meramente informativo, se trata de una práctica simbólica compleja que proyecta relatos de nación, identidad y comunidad hacia el exterior.
En este proceso, los entornos digitales, las estéticas visuales, los medios alternativos y los dispositivos culturales no funcionan simplemente como canales: se configuran como territorios simbólicos en disputa, espacios de circulación y apropiación activa de sentido. En estos escenarios, elementos como la emoción, el humor, el relato migrante o el storytelling visual operan como catalizadores que no solo movilizan afectos, sino que reconfiguran imaginarios colectivos y tensan, desde dentro, las estructuras de legitimidad existentes.
En segundo término, su anclaje territorial. Esta diplomacia no emana exclusivamente del Estado ni responde a una lógica homogénea: brota de realidades locales concretas, cargadas de historia, saberes y conflicto. Su fuerza reside precisamente en esa capacidad para articular agendas internacionales desde el arraigo, desde memorias vivas y a partir de una mirada situada que convierte lo local en fuente de proyección global, no como residuo, sino como núcleo generativo de una visión estratégica. Desde una epistemología crítica y relacional, esta redefinición rompe el monopolio estatal del discurso internacional y visibiliza la dimensión simbólica, afectiva y política de las relaciones exteriores. La diplomacia pública deja de ser un instrumento propagandístico para comprenderse como una práctica de enunciación situada que articula conflicto, representación y cocreación de lo global. Al mismo tiempo, complejiza la noción de política exterior, al incorporar subjetividades, escalas intermedias y repertorios afectivos que los enfoques realistas tienden a omitir. Y, finalmente, su dimensión estratégica, íntimamente ligada a la gobernanza. Aquí, la diplomacia pública desborda el plano comunicativo para entretejerse con procesos de cooperación internacional, formulación de políticas públicas, construcción de legitimidades ciudadanas y fortalecimiento de redes multiescalares. En esta clave, deviene herramienta de acción colectiva, de sostenibilidad democrática y de proyección externa de intereses territoriales legítimos, más allá de los cauces convencionales del poder diplomático formal.
Así entendida, la diplomacia pública puede definirse como una forma situada de agencia internacional que democratiza el acceso a la escena diplomática, reconoce la diversidad de actores y saberes locales, y promueve la construcción colectiva de agendas multilaterales más justas, inclusivas y territorialmente ancladas, más allá de la mediación estatal exclusiva.
Cooperación internacional descentralizada
Desarrollo del concepto en la literatura
La Cooperación Internacional Descentralizada (CID) se consolida como uno de los canales más eficaces para territorializar compromisos globales. Lo hace como práctica situada que articula dichas agendas con conflictos, saberes y demandas que emergen desde las experiencias cotidianas de los territorios. En contextos diversos, la CID se ha consolidado como una plataforma de disputa del sentido del desarrollo y de democratización de la acción internacional. Por ejemplo, el caso analizado por Belda-Miquel et al.65 muestra la localización de los ODS en Valencia en relación con un campo de confrontación política que reconfigura prioridades, fortalece redes territoriales y proyecta una noción de justicia global anclada en la participación. En la misma línea, Megdal et al.66 analizan experiencias de gobernanza hídrica transfronteriza —como el Acuífero Guaraní o los reservorios entre México y Estados Unidos— que articulan saberes técnicos, conocimientos comunitarios y participación regional, demostrando que la acción internacional puede nacer desde los territorios y no desde las capitales.
En Europa, los programas Interreg y los fondos de desarrollo nórdicos han consolidado a la CID como instrumento de gobernanza multinivel. La experiencia del Mediterranean Environmental Sustainability Programme (MESP), estudiada por Schenone et al.67, da cuenta de formas de cooperación transfronteriza en el Mediterráneo que pasan de esquemas meramente administrativos a configuraciones de gobernanza compartida en sostenibilidad ambiental. Municipios, universidades y agencias públicas de diversos países han articulado esfuerzos que fortalecen capacidades institucionales desde lo territorial. Por su parte, Kravchenko68 muestra cómo municipios suecos, apoyados por la Agencia Sida, han contribuido a la promoción de estándares de buena gobernanza en Europa del Este, consolidando la CID como vehículo de influencia normativa desde lo local.
El campo de la salud ha sido otro espacio en donde la CID ha habilitado trayectorias inéditas. Por ejemplo, en Vanuatu, Papúa Nueva Guinea y Samoa, Kevany et al. 69 documentan formas en que los gobiernos provinciales asumieron roles activos en el monitoreo del VIH/sida, diseñando sistemas propios de vigilancia sanitaria y fortaleciendo capacidades institucionales sin intermediación diplomática formal. Lo anterior, guarda relación con el caso de Timor-Leste, en el cual Bertone et al. 70 estudian un proceso de reconstrucción en el posconflicto, en el que distritos locales, universidades y agencias de las Naciones Unidas transfirieron una autoridad y capacidad real a los equipos locales para garantizar una mejor apropiación de las políticas trazadas.
En este sentido, estas prácticas, más allá de sus contextos particulares, hacen parte de un giro normativo y político en que se desescala la cooperación y se enfatiza la fuerza territorial. Belda-Miquel et al. (2019), a partir del caso de Valencia, advierten que la localización de los ODS no es neutra: implica una disputa entre enfoques tecnocráticos alineados con agendas globales y apuestas transformadoras ancladas en la participación, la justicia y las capacidades territoriales. Por su parte, en América Latina, dichas tensiones también son visibles al considerar que, por ejemplo, la implementación de los ODS no significa simplemente adaptar marcos institucionales, sino disputar sentidos sobre el desarrollo, su apropiación territorial y su legitimidad social. De ahí que la CID, en lugar de ser concebida como un canal de ayuda o una herramienta de proyección exterior, pueda entenderse como un dispositivo de fortalecimiento estatal desde lo local. Al mismo tiempo, esta cooperación descentralizada ha permitido a los territorios participar activamente en la producción de bienes públicos internacionales, como lo son la salud, la educación y aquellos relacionados con el medio ambiente. Por su carácter situado, pero replicable, estas soluciones pueden incidir en debates globales sin sacrificar su anclaje local.
Sin embargo, a pesar del panorama positivo que permite avizorar el pensar en clave de CID, todavía persisten algunos desafíos. Por ejemplo, la alta rotación del personal técnico, las brechas en capacidades institucionales y la falta de indicadores de largo plazo dificultan la sostenibilidad71. Por otra parte, la superposición con ministerios centrales genera tensiones de articulación, como muestran los estudios sobre gobernanza ambiental transfronteriza en América72.
Finalmente, al analizar la literatura, emergen tres características fundamentales que definen el momento actual de la cooperación internacional descentralizada: (a) territorialidad: los proyectos se arraigan en conflictos, capacidades y trayectorias locales. No responden a diseños genéricos, sino que reconocen a los territorios como actores legítimos de la acción internacional; (b) cofinanciación híbrida: las iniciativas más consistentes logran articular fuentes diversas de financiamiento —públicas, privadas y multilaterales—, disminuyendo la dependencia externa y ampliando la autonomía fiscal; y (c) innovación administrativa: al consolidar estructuras técnicas propias, los gobiernos subnacionales fortalecen su capacidad de sostener agendas internacionales más allá de los vaivenes del ciclo político.
Cooperación internacional descentralizada: una redefinición territorial y cooperativa
La cooperación internacional descentralizada (CID) ha dejado de ser un instrumento accesorio o un apéndice operativo de la cooperación intergubernamental. A la luz de los procesos revisados, se configura como una práctica situada de desarrollo, anclada en los territorios y articulada desde ellos hacia un entorno internacional crecientemente interdependiente. No es una simple prolongación local de agendas externas, más bien es una forma de interlocución política que reposa sobre la capacidad de los actores territoriales para producir respuestas, articular conocimientos y consolidar alianzas estratégicas desde sus propias condiciones históricas, sociales y administrativas. En contraposición a los modelos centralizados que tienden a reproducir relaciones jerárquicas, la CID propone vínculos simétricos entre pares que comparten y le apuestan a superar desafíos comunes y se reconocen mutuamente como sujetos activos de la acción internacional. Ahora, dicha reconfiguración de la articulación internacional se sostiene sobre tres pilares: el intercambio técnico entre pares, construido desde saberes situados más que desde fórmulas estándar; la territorialidad como punto de partida y no como simple espacio de aplicación; y la búsqueda de modelos de financiación que combinan recursos diversos sin depender por completo de ninguno. En esa trama, lo local no se limita a ejecutar, sino que propone, adapta y sostiene vínculos más densos y estratégicos con el mundo.
Así entendida, la cooperación internacional descentralizada se redefine como: una forma de gestión territorial en la que gobiernos locales y actores subnacionales articulan relaciones horizontales con contrapartes internacionales para implementar proyectos conjuntos, fortalecer capacidades institucionales y generar bienes públicos locales con valor global.
Internacionalización de la educación superior: una lectura situada
En América Latina el desarrollo de la internacionalización de la educación superior ha estado vinculado a la integración regional y la cooperación bilateral como rutas para mejorar el acceso a recursos, fortalecer redes académicas e incrementar la visibilidad internacional73. En este marco, se han desplegado programas multilaterales y plataformas de colaboración como el Programa PILA, el Programa de Movilidad de la Alianza del Pacífico, el Programa Delfín, el Erasmus+ en su dimensión regional, o las iniciativas del Espacio Latinoamericano y Caribeño de Educación Superior (Enlaces). A estos se suman redes históricas como la Asociación de Universidades Grupo Montevideo (AUGM), el Consejo Superior Universitario Centroamericano (CSUCA) o UDUAL-CINDA, que han intentado sostener una cooperación interinstitucional más estructurada.
Un caso emblemático es el del Programa PILA, impulsado inicialmente por México, Colombia y Argentina, que ha promovido una movilidad académica recíproca basada en esquemas de cofinanciación institucional. Desde su creación en 2017, ha posibilitado más de 2800 intercambios de estudiantes y docentes. De forma paralela, el Programa de la Alianza del Pacífico ha otorgado más de 3000 becas desde 2014, mientras que el Programa Delfín ha movilizado a más de 16 000 estudiantes de pregrado en estancias de investigación científica74, conectando universidades de México, Colombia, Perú y otros países aliados. No obstante, y pese a su relevancia, estos programas han tendido a replicar —aunque con narrativas de cooperación— una lógica de movilidad centrada en nodos jerárquicos del sistema global de educación superior, reproduciendo asimetrías históricas en la circulación del saber75.
En el caso colombiano, la internacionalización ha sido impulsada desde una articulación profunda entre frentes políticos, diplomáticos, comerciales y académicos. Esta convergencia ha dado lugar a un entramado institucional complejo, en el que confluyen actores como la Agencia Presidencial de Cooperación Internacional (APC-Colombia), el Ministerio de Relaciones Exteriores, el Ministerio de Educación Nacional (MEN) y, en el campo académico, entidades como la Asociación Colombiana de Universidades (ASCUN), la Red Colombiana para la Internacionalización de la educación superior (RCI), la alianza Colombia Challenge Your Knowledge (CCYK) y el Instituto Colombiano de Crédito Educativo y Estudios Técnicos en el Exterior (Icetex). Este último ha desempeñado un papel determinante en el financiamiento de oportunidades de movilidad internacional y acceso a formación en el exterior. Sin embargo, el despliegue efectivo de esta arquitectura ha revelado una fisura estructural: más del 60 % de las universidades regionales del país no participan activamente en las redes internacionales existentes76, lo que revela que el modelo imperante de internacionalización sigue anclado en un esquema urbano y centralizado que margina sistemáticamente a los territorios intermedios y periféricos.
En Colombia, en términos generales, los indicadores como la movilidad entrante y saliente, la coautoría científica internacional o la participación en redes académicas globales premian una aparente apertura hacia el mundo que se construye desde las cifras como signo de calidad. En respuesta a ello, y mostrando un camino que podría ser alternativo, se produjo un hito simbólico de reciente aparición: la formulación de los primeros Lineamientos de la Política para la Internacionalización de la Educación Superior de Colombia, presentados en noviembre de 2024 por el MEN, en el evento Diplomacia Pública y Cooperación Internacional para los Territorios, coorganizado por el MEN, ASCUN y la Universidad del Quindío. El documento plantea como objetivo general "establecer lineamientos que orienten y respalden a las instituciones de educación superior (IES) en la organización y fortalecimiento de sus procesos de internacionalización, de acuerdo con sus contextos institucionales, capacidades y necesidades territoriales, articulando una perspectiva global para aportar al posicionamiento del sistema educativo nacional en el escenario internacional"77. Para ello, estructura los lineamientos en cuatro ejes: (1) Territorio e internacionalización; (2) Gobernanza de la internacionalización de acuerdo con el contexto institucional; (3) Currículo intercultural e internacional; y (4) Internacionalización de la creación, ciencia, tecnología e innovación, con responsabilidad social universitaria como estrategia de soporte y cooperación, además de movilidad y competitividad como estrategias transversales. Así mismo, se plantea una arquitectura integradora que, al menos en el plano discursivo, reconoce la necesidad de una internacionalización más equitativa, con arraigo territorial y vocación transformadora.
Sin embargo, esta arquitectura —tan robusta en el papel como frágil en su implementación— no ha logrado superar ciertas tensiones estructurales que atraviesan al sistema universitario colombiano. Una de las más persistentes es la concentración territorial y funcional de las redes internacionales, que siguen operando desde y para los grandes centros urbanos. Embajadas, agencias de cooperación, agregadurías culturales y académicas—casi todos instalados en las capitales del país— funcionan como nodos privilegiados de articulación internacional, mientras que las universidades regionales, especialmente las de menor tamaño o inserción rural, continúan marginadas de los circuitos de decisión, financiamiento e influencia. Este patrón reproduce un orden centro-periferia que no solo es geográfico, sino también simbólico y epistémico, pues desplaza a los territorios intermedios del mapa efectivo de la internacionalización, relegándolos a una función instrumental y subordinada en el sistema.
Si se amplía la mirada desde una escala global con vocación crítica, resulta inevitable constatar que los procesos de internacionalización de la educación superior han estado hegemonizados, en la práctica, por esquemas centrados en la movilidad académica y científica como fin en sí mismo. Mediante una retórica de apertura y cooperación, estos modelos han consolidado una arquitectura funcionalista en la que moverse —geográficamente, institucionalmente, simbólicamente— se ha convertido en sinónimo de internacionalizarse. Sin embargo, este movimiento ha estado lejos de ser neutral. En muchos casos, ha operado como dispositivo de reproducción de una lógica vertical, en la que el conocimiento circula de manera unidireccional desde el norte hacia el sur, reforzando jerarquías epistémicas y consolidando asimetrías en la producción, legitimación y distribución del saber.
Esta dinámica ha sido ampliamente documentada. Como advierte Tikly78, la movilidad sur-norte sigue siendo dominante, mientras que los ejercicios de cocreación del conocimiento entre pares —particularmente cuando se trata de instituciones del sur global— siguen siendo más promesa que práctica. En este marco, las universidades del norte conservan el estatus de emisoras legítimas de conocimiento, mientras que las del sur son reducidas a receptoras periféricas, aun cuando los marcos discursivos hablen de colaboración. Entonces, podría pensarse que la colonialidad del saber aún persiste, no tanto necesariamente como una suerte de rezago histórico, sino como estructura operativa del sistema universitario internacional.
Así, estas asimetrías se insertan en un campo más amplio de relaciones de poder en el que los estándares internacionales han fijado una relación casi automática entre excelencia y posicionamiento en rankings o, paradójicamente, entre el prestigio institucional y la migración del talento hacia el norte global. Lo internacional se vuelve así sinónimo de validación externa en lo cual lo local se desdibuja o se percibe casi como rezago. Esta lógica ha producido una desconexión profunda entre las agendas internacionales y los territorios que habitan nuestras universidades, imposibilitando una internacionalización situada, intercultural y comprometida con la transformación territorial. En este contexto, los indicadores dominantes — centrados en la movilidad física, la firma de convenios o la publicación en revistas indexadas— terminan por invisibilizar otras formas de internacionalización que se tejen en redes comunitarias y saberes localizados que no encuentran lugar en los marcos hegemónicos de las métricas aceptadas internacionalmente.
De manera paralela, se ha extendido una interpretación casi utilitaria de la diplomacia pública, asociándola al despliegue del soft power79 institucional. En esta lógica, el saber y la ciencia son instrumentalizados como activos de influencia cultural en clave geopolítica, consolidando una relación donante-beneficiario que relega a las universidades del sur a un rol pasivo o meramente operativo. Esta imposibilidad de ejercer una diplomacia pública desde el territorio no es solo técnica —falta de estructuras, de recursos, de conectividad—, sino también epistémica y territorial: las condiciones de enunciación internacional siguen estando monopolizadas por actores urbanos y centralizados, que hablan en nombre del país, pero, nuevamente, sin sus territorios.
Las cifras ilustran con claridad dicha marginalidad estructural. Entre 2016 y 2022 se ejecutaron en Colombia 205 proyectos de cooperación internacional con participación universitaria80, pero solo el 27 % fue liderado directamente por universidades. La mayoría de estos proyectos fueron coordinados por diferentes ONG, agencias multilaterales o entidades gubernamentales, desplazando al sistema universitario a un rol subalterno en el diseño, la gestión y evaluación de las agendas internacionales. Esta dinámica está asociada, en muchos casos, a una débil institucionalidad para la acción exterior, a la ausencia de financiamiento autónomo y a una arquitectura de cooperación que sigue orbitando en torno a los grandes centros de decisión diplomática.
Desde el marco analítico de la territorialidad, esta situación puede leerse como una forma de desposesión estructural y simbólica de los territorios. Como se discutió previamente, la territorialidad no se reduce al control estatal de un espacio geográfico, por el contrario, halla su riqueza en la diversidad de prácticas relaciones que producen, de manera situada, sentido, comunidad y poder. En este contexto, particularmente las universidades regionales —en especial aquellas insertas en tramas rurales, periféricas o históricamente excluidas— no son simplemente instituciones educativas: son expresiones vivas de territorialidades que se resisten al silenciamiento y a la invisibilización. Por lo tanto, su acción internacional no puede seguir pensándose como un injerto externo, sino como un proceso de afirmación territorial, en el que el saber local no abdica frente a lo global, sino que lo interpela, lo transforma y lo resignifica desde sus memorias, luchas y proyecciones propias.
Frente a los límites estructurales del modelo dominante de internacionalización —aquel anclado en la movilidad unidireccional, la transferencia vertical de conocimiento y los indicadores globales de validación académica— comienzan a emerger, con mayor fuerza, apuestas alternativas que buscan reconfigurar tanto las formas como los sentidos de la acción internacional universitaria. Estas nuevas rutas no se reducen a un ejercicio técnico de innovación operativa. Implican, más bien, un giro paradigmático: desplazar el centro de gravedad de la internacionalización desde las élites institucionales hacia los territorios, a partir de la lógica de acumulación hacia la de reciprocidad y desde la verticalidad asistencial hacia la coconstrucción horizontal del conocimiento.
En este escenario, la cooperación internacional descentralizada (CID) adquiere una relevancia estratégica particular. Como se argumentó en el desarrollo teórico previo, la CID no constituye únicamente una técnica de gestión de proyectos, sino una modalidad de acción internacional con capacidad transformadora, en la que actores subnacionales —gobiernos locales, universidades regionales, colectivos territoriales— asumen el protagonismo de su propia inserción internacional. Esta configuración rompe con la noción de que la diplomacia es un privilegio exclusivo de las cancillerías y plantea, en su lugar, una concepción distribuida y democratizada de la acción exterior, en la que el territorio se convierte en sujeto político y epistémico de proyección internacional.
En Colombia, repensar la internacionalización desde la territorialidad, la diplomacia pública y la cooperación descentralizada permite a las universidades regionales trazar vínculos más simétricos y situados. Un ejemplo de ello puede ser el modelo de la Universidad del Quindío81 que podría ser objeto de investigación futura en esta materia. Así las universidades se abren espacios donde los saberes circulan de forma recíproca, se proyectan desde el territorio y se sostienen a través de alianzas diversas que combinan recursos públicos, comunitarios y multilaterales. Este enfoque, más atento a las realidades locales, ha fortalecido capacidades institucionales y dado lugar a una acción internacional menos subordinada y más coherente con los horizontes propios de cada región.
En definitiva, repensar la internacionalización de la educación superior desde una perspectiva territorial, crítica y descentralizada no solo implica cuestionar las limitaciones de un modelo funcionalista anclado en la movilidad y los indicadores globales. Supone, ante todo, abrir el campo de lo posible hacia la construcción de agendas internacionales más inclusivas, situadas y políticamente significativas. Este giro conceptual —anclado en las nociones de territorialidad, diplomacia pública multiactoral y cooperación internacional descentralizada— habilita un reconocimiento explícito de las universidades regionales como sujetos legítimos de la acción internacional, portadoras de saberes situados, capaces de tejer alianzas simétricas y disputar sentidos en el escenario global82.
Conclusiones
Más que proponer una fórmula replicable, este artículo ha buscado interrogar los supuestos que históricamente han sostenido el discurso dominante sobre la internacionalización universitaria. En particular, se ha cuestionado el énfasis persistente en la movilidad como sinónimo de internacionalización, la centralidad de los convenios formales como evidencia de acción internacional y, sobre todo, la adopción acrítica de estándares globales que rara vez dialogan con las realidades territoriales de las instituciones. Frente a ello, se ha intentado abrir un espacio para pensar lo internacional, no como un afuera que se impone, sino como una dimensión que puede —y debe— construirse desde las dinámicas, tensiones y potencias del territorio.
En este sentido, la reformulación de los conceptos de territorialidad, diplomacia pública y cooperación internacional descentralizada abre la puerta a nuevas formas de dotar de sentido las apuestas internacionales desde la localidad. Se trata de habitar y resignificar el territorio a partir de un diálogo simultáneo con el mundo globalizado: sus oportunidades, pero también sus tensiones y desafíos frente al desarrollo local. La internacionalización, en esta línea, deja de ser una función periférica para convertirse en una estrategia institucional con vocación misional, articulada con un proyecto de universidad que preserva, traduce y amplifica —de manera innovadora— la voz del territorio en el mundo.
Territorializar la internacionalización no significa encerrarse en lo local, sino inscribir las acciones internacionales en una lectura situada del contexto. La noción de territorialidad, desde esta perspectiva, deja de entenderse como simple delimitación geográfica para asumir su carácter relacional, simbólico y político. Pensar la universidad desde el territorio implica reconocer que su proyección internacional no puede depender exclusivamente de su capacidad de adaptarse a referentes externos, sino, sobre todo, de su habilidad para construir narrativas propias, proponer formas alternas de cooperación y disputar los marcos desde los cuales se define lo internacional.
En este horizonte, la diplomacia pública deja de ser monopolio de los Estados para convertirse en una herramienta de agencia institucional. Las universidades, en particular aquellas situadas fuera de los grandes centros estatales de decisión, pueden asumirse como actores diplomáticos en clave pública: mediadoras culturales, generadoras de modelos de acción glocal, constructoras de vínculos que reivindican el valor técnico, estratégico y político de los actores locales. Al posicionar la voz de los territorios en espacios globales, esta práctica no solo amplía el repertorio de actores legítimos, sino que introduce otras formas de leer, negociar y proyectar lo internacional desde la diferencia.
Desde esta perspectiva, la cooperación internacional descentralizada no constituye un accesorio institucional ni un apéndice técnico: es, más bien, una clave estructurante para reimaginar el sentido mismo de la acción exterior. En ella se cifran nuevas formas de legitimidad, construcción de agenda y articulación multiescalar que resultan fundamentales para cualquier apuesta transformadora en el escenario global contemporáneo. No se trata simplemente de multiplicar acuerdos, sino de construir relaciones interterritoriales con vocación de permanencia, sentido estratégico y voluntad transformadora. Relaciones que reconozcan las asimetrías sin reproducirlas, que partan del intercambio antes que de la transferencia, que fortalezcan capacidades locales en lugar de suplantarlas y que logren poner sobre las mesas de negociación internacional los intereses, las prioridades y los saberes construidos desde —y para— los territorios.
Notas
1 Muchas veces en este campo, como en otros, son asumidos modelos extraídos o impuestos desde el norte global que, con frecuencia, no consultan las especificidades de las realidades del sur. Varios casos en Germán Silva-García & Bernardo Pérez-Salazar, "Evaluación de la investigación jurídica publicada en libros e impacto en la educación superior colombiana", Revista de Pedagogía Universitaria y Didáctica del Derecho 10, núm. 2, (2023): 101-120. Oscar Alexis Agudelo Giraldo & Jorge Enrique León Molina, "Una devaluación del mito eurocéntrico sobre la universalidad de los derechos humanos: la sospecha latinoamericana", Revista Científica General José María Córdova 21, núm. 44 (2023): 986-1004. Germán Silva-García & Diana Marcela Bonilla Uyaban, "La sostenibilidad en el análisis criminológico. El caso de la minería carbonífera en Boyacá", Via Inveniendi et Iudicandi 18, núm. 2 (2023): 270-292. Germán Silva-García & Angélica Vizcaíno-Solano, "Profissão jurídica: poder político e exclusão social. 'A dança dos que sobraram'", Revista Eletrônica de Direito e Sociedade REDES 12, núm. 1 (2024): 1-23. Fernanda Navas, "Sobre la conceptualización de la estrategia militar en Colombia y el conflicto armado", Revista Latinoamericana de Sociología Jurídica 6, núm. 9 (2024): 67-89. Germán Silva-García, "Crisis y transformaciones en el control social penal en el contexto de la cultura jurídica colombiana", Cultura Latinoamericana 39, núm. 1 (2024): 156-192. Pablo Guadarrama González, "Cultura e ideologías en el pensamiento latinoamericano", Cultura Latinoamericana 40, núm. 2, (2024): 64-87. Germán Silva-García & Bernardo Pérez-Salazar, "International Anti-Drug Policies and Corrupt Public-Private Coalitions: Perspectives from a Criminology of the Global South", Economía Institucional 26, núm. 51 (2024): 139-163.
2 Hernán Darío Pineda Gómez & Santiago Valencia-Castro, "Territorialidad campesina: ausente en proyectos políticos para el Oriente antioqueño", Bitácora Urbano Territorial 32, núm. 1 (2022): 135-148,https://doi.org/10.15446/bitacora.v32n1.97962
3 Xiaobo Su & Kean Fan Lim, "Capital Accumulation, Territoriality, and the Reproduction of State Sovereignty in China: Is This 'New' State Capitalism?", EPA: Economy and Space 55, núm. 3 (2023): 697-715, https://doi.org/10.1177/0308518X221093643
4 Henry Caballero-Fula, "Acuerdos de La Habana y territorialidad indígena: una mirada desde el departamento del Cauca", Bitácora Urbano Territorial 26, núm. 2 (2016): 95-102,https://doi.org/10.15446/bitacora.v26n2.59297
5 Diana Bocarejo & Diana Ojeda, "¿Racismo ambiental? Conflictos socioambientales, autoritarismo ambiental y persistencias de la colonialidad en Colombia", Revista Colombiana de Antropología 52, núm. 1 (2016): 25-54,https://doi.org/10.22380/2539472X.82
6 Daniel Silva & Luciana Andrade, "Territorialidades quilombolas: corpo, terra e direito", Revista de Direito da Cidade 11, núm. 3 (2019): 1162-1184, https://doi.org/10.12957/rdc.2019.42011
7 Lorena Lins & Augusto Cesar Salomão Mozine, "Territorialidade e ancestralidade: formação e reconhecimento da comunidade pescadora extrativista do Quilombo do Degredo, Brasil", Revista de Estudios Sociales 91 (2025): 57-79,https://doi.org/10.7440/res91.2025.04
8 Rafael Curtoni, Guillermo Heider, Mariano González Roglich, Javier Houspanossian & Norberto Mollo, "Las rastrilladas del centro de Argentina como reflejo de la territorialidad indígena y de frontera", Diálogo Andino, núm. 68 (2022): 35-50,https://doi.org/10.4067/S071926812022000200035
9 Álvaro Daniel Espinoza Collao & Cristian Ovando Santana, "Territorialidad y fronteras en los aymaras de Tarapacá en Chile: un espacio al borde del derecho vigente", Estudios Fronterizos 24 (2023): e133, https://doi.org/10.21670/ref.2322133
10 Octavio Spíndola Zago, "Espacio, territorio y territorialidad: una aproximación teórica a la frontera", Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales 61, núm. 228 (2016): 27-56,https://doi.org/10.1016/S01851918(16)30039-3
11 Ingrid De Jong, Guido Cordero & María Eugenia Alemano, "Pensando la tierra adentro. La territorialidad indígena en las Pampas y la Patagonia (1750-1850)", Diálogo Andino, núm. 68 (2022): 21-35,https://doi.org/10.4067/S0719-26812022000100021
12 Jean-Paul D. Addie, Roger Keil & Kris Olds, "Beyond Town and Gown: Universities, Territoriality and the Mobilization of New Urban Structures in Canada", Territory, Politics, Governance 3, núm. 1 (2015): 27-50,https://doi.org/10.1080/21622671.2014.924875
13 Gavin Bridge & Michael J. Bradshaw, "Making a Global Gas Market: Territoriality and Production Networks in Liquefied Natural Gas", Economic Geography 93, núm. 3 (2017): 215-240,https://doi.org/10.1080/00130095.2017.1283212
14 Lorena Monterroso & Alejandro Rojas, "Territorialidades insurgentes y defensa de la vida en contextos urbanos guatemaltecos", Revista de Estudios Urbanos y Ciencias Sociales 10, núm. 2 (2020): 51-72.
15 Ramiro Segura & Mario Aguilar, "Territorialidades populares en el borde urbano. Formas de apropiación del espacio en la periferia de Buenos Aires", Quid 16, núm. 15 (2021): 22-41.
16 Yinna Vergara & Ana María Quintero, "Llano Verde: entre la violencia, la resiliencia y la esperanza", Revista Colombiana de Antropología 57, núm. 1 (2021): 123-148.
17 Laura Fernández-Castelblanco, "La temporalidad del anhelo en la configuración de la territorialidad urbana periférica del barrio Llano Verde (Cali, Colombia)", Revista Colombiana de Antropología 61, núm. 1 (2025): 1-27,https://doi.org/10.22380/2539472X.2769
18 Lidia Ramos & Mario Yapu, "Territorialidad aymara: reciprocidad, movilidad y soberanía en el altiplano boliviano", Revista Andina 60 (2020): 155-178.
19 Alejandra Lazo Corvalán, Hernán Riquelme Brevis & Viviana Huiliñir-Curío, "La movilidad en su ambiente: prácticas y experiencias de movilidad cotidiana mapuche-williche en contextos rurales. Evidencias desde la comuna de Puyehue, Región de Los Lagos, Chile", Diálogo Andino, núm. 62 (2020): 5-17, https://doi.org/10.4067/S0719-26812020000200005
20 María Silvia Moreno, "Territorialidad inmigratoria de trabajadores bolivianos en Mendoza (Argentina): aproximación etnográfica a partir de tres casos de estudio emplazados en espacios rurales", Territorios 41 (2019): 23-43,https://doi.org/10.12804/revistas.urosario.edu.co/territorios/a.7390
21 Minerva Campion Canelas & Javier A. Rodríguez-Camacho, "Efectos del coronavirus en el circuito punk de Chapinero a partir de la cartografía de la territorialidad nómada: producción, consumo y participación", Análisis Político 100 (2020): 27-54, https://doi.org/10.15446/anpol.v33n100.93359
22 Gabriela Inés Sabatini, Adriana Valeria Olmos & María Soledad Gheggi, "Identidad, patrimonio cultural y territorialidad: aportes desde la cartografía participativa en ámbitos educativos (norte de La Rioja, Argentina)", Boletim do Museu Paraense Emílio Goeldi. Ciências Humanas 19, núm. 2 (2024): e20230002, https://doi.org/10.1590/2178-2547-bgoeldi-2023-0002
23 El conflicto es una expresión de la divergencia social; al respecto: Jorge Enrique Carvajal Martínez & Oscar Javier Trujillo Osorio, "Protesta social en América Latina: análisis desde la divergencia como categoría de la criminología del sur global", Nuevos Paradigmas de las Ciencias Sociales Latinoamericanas 14, núm. 27 (2023): 185-214, https://nuevosparadigmas.ilae.edu.co/index.php/IlaeOjs/article/view/282. Luis Felipe Dávila, "Cuando dos puntos se alejan: desviación, divergencia y órdenes sociales amalgamados", Nuevos Paradigmas de las Ciencias Sociales Latinoamericanas 14, núm. 27 (2023): 75-102, https://nuevosparadigmas.ilae.edu.co/index.php/IlaeOjs/article/view/278 Enrique del Percio, "Divergencia: inquietantes manifestaciones del amor, el sexo, el derecho y otras instituciones", Nuevos Paradigmas de las Ciencias Sociales Latinoamericanas 14, núm. 27 (2023): 7-36, https://nuevosparadigmas.ilae.edu.co/index.php/IlaeOjs/article/wiew/276. Pablo Elías González Monguí, "Divergencia social, selectividad e inmunidad en la aplicación del derecho penal", Nuevos Paradigmas de las Ciencias Sociales Latinoamericanas 14, núm. 27 (2023): 37-74,https://nuevosparadigmas. ilae.edu.co/index.php/IlaeOjs/article/view/277. Jairo Vladimir Llano Franco, "Diversidad, pluralismo, divergencia y multiculturalismo: el movimiento indígena por el reconocimiento en Colombia", Nuevos Paradigmas de las Ciencias Sociales Latinoamericanas 14, núm. 27 (2023): 243-272, https://www.researchgate.net/publication/375582987_Diversidad_pluralismo_divergencia_y_multiculturalismo_el_movimiento_indigena_por_el_reconocimiento_en_Colombia_Diversity_pluralism_divergence_and_multiculturalism_the_indi-genous_movement_for_recogniti Marco Alberto Quiroz Vitale, "Divergencia y desviación como categorías del pensamiento criminológico", Nuevos Paradigmas de las Ciencias Sociales Latinoamericanas 14, núm. 27 (2023): 215-242, https://nuevosparadigmas.ilae.edu.co/index.php/IlaeOjs/article/view/283. Germán Silva-García, Angélica Vizcaíno-Solano & Bernardo Pérez-Salazar, "The Debate Concerning Deviance and Divergence. A New Theoretical Proposal", Oñati Socio-Legal Series 14, núm. 2 (2024): 505-529, https://doi.org/10.35295/osls.iisl.1813
24 Ignacio Tomás Trucco, "La territorialidad en el enfoque de los distritos industriales. Una revisión teórica-metodológica desde la periferia", Cuadernos de Geografía: Revista Colombiana de Geografía 33, núm. 1 (2024): 16-30, https://doi.org/10.15446/rcdg.v33n1.96167
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26 Pedro Limón López & Egoitz Gago Antón, "Territorialidad, memoria y acción colectiva: Ulster como lugar en disputa a través del documental audiovisual", Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales 26, núm. 56 (2024): 495-518,https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.22
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